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EL Tiempo. 19 julio 2016.
Por: POLÍTICA |Por: POLÍTICA |Hoja de ruta busca fortalecer y transformar la institución para responder a las amenazas del país.
“Lograr el fin del conflicto entre las Farc y el Estado colombiano es muy importante, es un punto de inflexión significativo para el país y para las Fuerzas Militares, pero eso no significa que todo se terminó y que, al otro día de haber firmado el acuerdo, ya no vamos a tener ningún problema”.Estas palabras del general Juan Pablo Rodríguez Barragán, comandante de las Fuerzas Militares de Colombia, resumen la razón por la cual desde el 2012 la cúpula de esta “empresa”, que según el alto oficial es la más grande del país, comenzó a contemplar un cambio radical en su quehacer diario, que involucra por igual a soldados y oficiales en el Ejército, la Armada, la Fuerza Aérea y hasta la Policía. (Lea también: Las Fuerzas Militares están listas para la paz)
Este nuevo proceso, cuyo objeto principal es la transformación y la modernización de las Fuerzas Militares y que contempla unas metas a 14 años, recibió el nombre de Plan Estratégico Militar 2030 y busca ‘cambiarle el chip’ a la tropa, darle la bienvenida a una nueva doctrina y mantener su capacidad operativa, de la mano de tecnología de última generación.El Plan 2030, de acuerdo con el alto oficial, además reafirma que el tránsito de un país inmerso en un conflicto armado por más de 50 años a un país próximo a terminarlo e iniciar la construcción de una paz estable y duradera requiere de una nueva mentalidad y capacidades de sus Fuerzas Militares.“Las Fuerzas Militares no se van a acabar o a reducir, ni el país va a perder a sus soldados, porque el narcotráfico, las bandas criminales y la minería ilegal siguen presentes en algunas zonas del territorio colombiano, sin desconocer además que hay fronteras por vigilar”, dice el general Rodríguez, para quien estas son las amenazas persistentes.La nueva estrategia incluso pretende que los hombres del Ejército, la Armada, la Fuerza Aérea y la Policía piensen, hablen y actúen para la paz, como una sola fuerza púrpura, un concepto que nace de la mezcla de los tres colores de sus uniformes (verde, negro y azul) y de la necesidad de unir esfuerzos para lograr objetivos comunes.“Este ya no es el momento de pelear y pelear, es el momento de pensar y pensar”, dice el mayor general Gonzalo Cárdenas Mahecha, jefe de Planeación Estratégica del Comando General de las Fuerzas Armadas y quien colaboró en la elaboración de dicho plan. (Además: Mujeres siempre han querido ser parte de la Fuerza)Según el general Cárdenas, fueron seis meses de duro trabajo para concluir que, de ahora en adelante, se actuará de una manera conjunta, coordinada e interagencial en las Fuerzas Militares, para recibir el posacuerdo (como dentro de la institución castrense denominan la etapa que sigue al fin del conflicto armado interno) y al mismo tiempo hacerle frente a la multicriminalidad existente.Un reto más grande que la guerra“Transformarse significa fortalecerse”, advierte el general Rodríguez, antes de explicar que el Plan 2030 permitirá que las Fuerzas Militares sigan siendo “ese modelo exitoso, referente para los demás países del mundo, que ha defendido el Estado de derecho por más de cinco décadas (de conflicto con las guerrillas) y ha generado situaciones de progreso y prosperidad para el país”.¿Cómo? De acuerdo con el plan estratégico, esto se logra fortaleciendo las capacidades militares para el cumplimiento de la misión constitucional, direccionando el talento por competencias, estableciendo un modelo de educación militar y una doctrina conjunta coordinada e interagencial, y afianzando su cultura organizacional. (Lea también: Relámpago Rojo, la operación contra el Eln)Igualmente, el Plan 2030 –explica el general Cárdenas– contempla mantener una organización robusta, sencilla, flexible, moderna, viable y efectiva, al tiempo que fortalece el proceso de estandarización y cooperación internacional, contribuye al desarrollo de la Nación y busca transformar tecnológicamente las Fuerzas Militares.“Hacia el futuro, con el posacuerdo vamos a construir una paz estable y duradera. Las Fuerzas Militares tendrán retos y desafíos, como estabilizar las áreas que fueron parte del conflicto y consolidar el esfuerzo (en 15 zonas ya identificadas) conjunto para generar condiciones de paz”, asegura el general Juan Pablo Rodríguez.La hoja de rutaEl Plan Estratégico Militar para los próximos 14 años mantiene una hoja de ruta con criterios claros, entre los cuales están anticiparse a las amenazas, la defensa preventiva con una reacción inmediata, veloz y precisa, y un respaldo jurídico y presupuestal.“Lo más importante no es ganar la guerra, es consolidar el esfuerzo militar porque, de lo contrario, se puede perder. Tenemos un plan que, obviamente, tiene una hoja de ruta y unos objetivos generales sobre los cuales tendrá que trabajarse y generarse unas metas, y estas, a su vez, requieren recursos, responsables y plazos para cumplir, al igual que resultados finales”, insiste el general.Según el alto oficial, se aspira a que para el 2018 las condiciones de seguridad se hayan incrementado de manera significativa, por ser un proceso continuo; para el 2022, que haya óptimas condiciones de seguridad; para el 2024 se propone haber logrado que esas 15 áreas de mayor influencia de los grupos insurgentes tengan mejores condiciones de seguridad y desarrollo, con una paz estable y duradera, proyectos productivos y mejor nivel de vida.Y a que para el 2026, de mantenerse esas metas, se tengan mejores condiciones de vida e índices de seguridad especiales, y ser referentes regionales e internacionales del posacuerdo.
POLÍTICA -
Mario Montoya comandó operaciones como Orión y Jaque. Fue comandante del Ejército hasta 2008. / Archivo - El EspectadorFiscalía le imputará cargos el 31 de mayoEl Espectador conoció detalles del proceso que tiene en serios apuros al excomandante del Ejército. Sin embargo, él insiste en su inocencia.
Por: Juan David Laverde Palma
En Twitter: @jdlaverde9El expediente con las pruebas de la Fiscalía contra el excomandante del Ejército, general (r) Mario Montoya Uribe, por siete ejecuciones extrajudiciales perpetradas por hombres bajo su mando en todo el país, está soportado en un minucioso arqueo de más de 350 sentencias judiciales por falsos positivos o desapariciones. Al revisar ese inmenso volumen de fallos, los investigadores descubrieron patrones comunes, órdenes de operaciones similares, las mismas simulaciones repetidas de combates inexistentes y una línea de tiempo indicativa: por donde pasaba el alto oficial, las cifras de muertos reportados como bajas guerrilleras aumentaban.La Fiscalía cruzó las bases de datos de organizaciones de derechos humanos, que han venido denunciando miles de estos crímenes, con los “positivos” presentados por el Ejército en la lucha contra la subversión. En especial entre 2002 y 2008, haciendo un meticuloso recorrido por los cargos de mando que ocupó Montoya, primero como comandante de la IV Brigada en Medellín –allí protagonizó la cuestionada Operación Orión para retomar el control de la Comuna 13–, luego como jefe de la Primera División, con sede en Santa Marta, y finalmente como comandante del Ejército, cargo que ejerció durante 30 meses, hasta noviembre de 2008, tras el escándalo que se desató por los crímenes de once jóvenes de Soacha.Desde su posesión en mayo de 2006 –en los tiempos de la primera reelección del presidente Álvaro Uribe Vélez– el general Mario Montoya fue advertido por organismos como el Comité Internacional de la Cruz Roja, la Defensoría del Pueblo, el Programa Presidencial para los Derechos Humanos y la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos en Colombia –además de un largo listado de ONG en Colombia– de innumerables casos de muertes de civiles que no tenían relación con el conflicto, en los que se reseñaban operaciones militares cuestionadas. Las siete divisiones del Ejército fueron salpicadas por estas denuncias. El dosier contra Montoya está repleto de estos informes desoídos.Posibles ejecuciones extrajudiciales en Córdoba, Antioquia, Sucre y Magdalena, entre otro largo etcétera de advertencias documentadas. ¿Por qué no hizo nada?, se preguntan los investigadores. El caso de Soacha, sin embargo, destapó la olla podrida de los falsos positivos –que hoy tiene a más de 4.000 militares investigados en 2.760 procesos por homicidios asociados con acciones de la Fuerza Pública– y puso en el radar de la Fiscalía al general Montoya. Precisamente el asesinato de Fair Leonardo Porras, perpetrado por la Brigada Móvil 15, con sede en Ocaña (Norte de Santander) el 12 de enero de 2008, es uno de los crímenes que se le imputarán a Montoya el próximo 31 de mayo.Este caso se suma a otros seis procesos emblemáticos escogidos por la Fiscalía para probar la omisión del alto oficial en esta cadena de crímenes. En diálogo con El Espectador hace una semana Luz Marina Bernal, una de las madres de Soacha, señaló al respecto: “Fair Leonardo era especial, ya que su mentalidad solamente llegó hasta los 8 años. Además, tenía discapacidad en su brazo y su pierna derechos. En el momento del levantamiento encontraron un arma como a unos 50 centímetros de su mano derecha, lo cual resulta absurdo, pues él no podía manipular un arma con su mano discapacitada y él era zurdo”. Y añadió triste: “Mi hijo fue sindicado de ser el jefe de una organización narcoterrorista. Imagínese, una persona con una discapacidad, que no sabía ni leer ni escribir, no podía liderar un grupo ilegal”.El año 2007 fue particularmente dramático, pues al tiempo que exponencialmente ascendían las cifras de insurgentes abatidos por militares, también crecían las denuncias por el delito de homicidio en persona protegida. Tanto fue así, que ese año, a instancias del Ministerio de Defensa que entonces comandaba Juan Manuel Santos, se creó un comité de alto nivel para revisar estos casos, en el que participaban delegados de la propia Fiscalía, de organismos internacionales como Naciones Unidas o la Cruz Roja y la cúpula de las Fuerzas Militares, con el general Montoya a la cabeza. Incluso, ese 2007 el alto oficial autorizó a la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos para visitar las siete divisiones del Ejército a fin de esclarecer decenas de homicidios de civiles reportados.No es todo. Los investigadores también determinaron, según versiones de varios generales, que tendrán que ratificar su testimonio durante el juicio, que el general Montoya retrasó durante varios meses la firma de una directiva que buscaba adoptar medidas urgentes para prevenir ejecuciones extrajudiciales. El Espectador conoció, por ejemplo, que a mediados de 2007 el Ministerio de Defensa expidió una directiva al respecto y que ésta fue complementada por otra más precisa en noviembre de ese año. No obstante, a pesar de esas disposiciones y de que un subalterno suyo proyectara para la firma de Montoya un documento con instrucciones similares, éste solo lo firmó en marzo de 2008. ¿Por qué tardo tanto tiempo? Esa es otra pregunta que ronda a la Fiscalía.En el informe de gestión que presentó el fiscal Eduardo Montealegre se detallan más pistas sobre el caso Montoya. Aunque no lo dice con nombre propio, se advierte que hubo avances sustanciales en la investigación del fenómeno de los falsos positivos. Por ejemplo, se documentaron 2.297 expedientes que corresponden a presuntas ejecuciones extrajudiciales de civiles y que dejaron 3.185 víctimas y 645 más aún no identificadas. Sobre esos procesos se realizó un análisis de 357 fallos proferidos por jueces de la República. Es decir, los casos más avanzados de esta radiografía criminal. Se detectó que la gran mayoría de víctimas tienen un rango de edad entre los 18 y los 30 años.“La revisión y clasificación de las 357 sentencias permitió identificar 695 personas procesadas y 610 condenadas por hechos identificados como falsos positivos. Los hechos relativos a estos procesos en su mayoría ocurrieron en Antioquia (101 procesos) y en Norte de Santander (27 procesos) y corresponden mayoritariamente a hechos sucedidos entre 2004 y 2007”, sostiene el reporte. De esos condenados, el 60 % son soldados o cabos y el 40 % restante incluye sargentos, subtenientes, tenientes, capitanes, mayores, siete tenientes coroneles y cuatro coroneles. Un total de 168 militares sentenciados pertenecían a la IV Brigada. Con una perla más: 11 personas discapacitadas fueron presentadas como guerrilleros abatidos en combate. Ese es el caso de Fair Leonardo Porras.En el arqueo de la Fiscalía también se evidenciaron 215 procesos en donde se planearon homicidios “con el objetivo premeditado de presentarlos como bajas en combate”, y en 86 expedientes más las víctimas fueron engañadas para ser “trasladadas al sitio donde fueron ejecutadas”. En otros 90 casos éstas “fueron trasladadas en contra de su voluntad”. Por eso, los jueces “han destacado la existencia de un plan criminal en 130 sentencias, la distribución de responsabilidades en desarrollo del mismo en 106 sentencias” y la existencia de una orden clara o instigadora en 107 sentencias. En el 65 % de los casos, la justicia constató el mismo móvil de los crímenes: además de obedecer una orden superior, se trató siempre de aumentar la efectividad de la unidad militar para “obtener vacaciones, permisos y otros beneficios”. -
Estoy seguro de que muchos militares honestos ven claro que hay
un nexo entre la corrupción y el interés por prolongar el conflicto.
Integrante del Secretariado Nacional de las FARC-EP.Una de las discusiones más antiguas en el seno de la izquierda, los académicos y el movimiento democrático y popular, se da sobre el papel de las Fuerzas Militares en momentos en los cuales la crisis general se profundiza a tal punto que las cosas no pueden seguir siendo como estaban. Hacia allá se enrumba Colombia, sin importar el resultado electoral, por eso el tema vuelve a sonar.
Las experiencias conocidas en ese campo son variadas, algunas positivas, otras desastrosas. Lo irrefutable es que las clases dominantes perfeccionan los mecanismos de control sobre las Fuerzas Militares porque saben que ellas constituyen el pilar fundamental en la dominación de clase y son las garantes de la preservación de sus centenarios privilegios.
No solo las burguesías nativas se preocupan por el control de ellas. Conocedores de la importancia de los ejércitos como factores determinantes del poder real, los gobernantes de Estados Unidos despliegan un trabajo de largo alcance hacia los militares de nuestras naciones.
Varios son los métodos empleados: becas para estudios en academias militares, colegios o universidades; invitaciones a conocer el país del norte, intercambios, cursos en la Escuela de las Américas, maniobras militares conjuntas, asesoría permanente, convivencias, donaciones, canonjías, manejo de egos y hasta el chantaje en caso necesario.
Lo anterior permite a los estadounidenses monitorear la formación académica, política e ideológica de alumnos de los ejércitos de los países latinoamericanos y caribeños, para hacerse a información clasificada sobre ellos, la cual puede ser utilizada a conveniencia, en momentos oportunos.
Eso explica, en gran medida, la facilidad que poseen para organizar, promover y ejecutar golpes militares reaccionarios, como los realizados en casi todos los países de nuestro continente en las décadas de los años 60 y 70. Las recientes intentonas de golpes en Venezuela, Bolivia, Ecuador, y el relativo éxito obtenido en Honduras y Paraguay, nos muestran que tales prácticas no han sido abandonadas por el imperio.
En Colombia la situación con los militares ha sido muy complicada. En aplicación de la Doctrina de la Seguridad Nacional, el Ejército ha sido utilizado en tareas que no le son propias. La función de proteger las fronteras patrias fue cambiada a instancias del Pentágono por la de volver sus armas contra su propio pueblo en busca de un inexistente “enemigo interno”.
Esa burda distorsión del quehacer propició que algunos oficiales, sub-oficiales y soldados se convirtieran en violadores sistemáticos de los Derechos Humanos.
Hoy están respondiendo por casos de desaparición forzada de personas, tortura, ejecuciones extrajudiciales (falsos positivos), abuso sexual y corrupción, entre otros delitos.
El problema es de tal magnitud que van cuatro mil sentencias condenatorias y existen catorce mil investigaciones en curso contra personal de las Fuerzas Armadas. Recientemente el Tribunal Superior de Cundinamarca ratificó la condena a 37 años de prisión al General Jaime Uzcátegui, por la masacre de Mapiripán.
Otro caso repudiable es el del Coronel Robinson González del Río quien reconoce su participación directa en más de 190 falsos positivos, vínculos con el paramilitarismo, negociados y corrupción. Este sujeto cometió sus tropelías con la anuencia de encumbrados Generales, y la complicidad de personajes como Santiago Uribe, hermano del expresidente.
¿A pesar de lo anterior es posible la atracción de militares al campo popular?
Sin duda alguna, sí; porque la gran mayoría de ellos provienen de los sectores populares, y porque existen militares honestos, oficiales de valía, que al tiempo que propenden por la solución política del conflicto, repudian el hecho de que algunos generales utilicen sus altos cargos en la comandancia del Ejército para enriquecerse a través de negociados y prácticas corruptas. Estoy seguro de que muchos militares honestos ven claro que hay un nexo entre esa corrupción y el interés por prolongar el conflicto.
La nueva oficialidad debiera inspirarse en los ejemplos de honestidad y patriotismo de generales latinoamericanos como Juan José Torres, de Bolivia; Velasco Alvarado, del Perú; Omar Torrijos, de Panamá y Hugo Chávez de Venezuela, que trabajaron denodadamente por mejorar las condiciones de vida de sus pueblos y reforzar la soberanía frente a las pretensiones neocoloniales del imperio. Tienen en sus manos el ejemplo de Bolívar y el arsenal de su pensamiento libertador. A los militares colombianos los llamamos a fundir su práctica y acción con los sueños de las mayorías nacionales que desde hace mucho tiempo reclaman un nuevo país en democracia plena, paz con justicia social y soberanía.














